lunes, 21 de mayo de 2012

Las lagrimas iban cayendo, acompañadas por un lento vaivén.
La ciudad parecía más lejana cada vez, pero era su cabeza la que se distanciaba.
Se aisló de todo alrededor, tenía su mundo sentada en ese pequeño banquito en medio de la nada.
El leve viento que pasaba por ahí, se llevaba cada vez más de ella.
Sus ojos no paraban de llover, mientras el mundo continuaba.
El frío de la noche se mezclaba con el de su cuerpo.
La tristeza la había logrado invadir por completo.
Mientras esperaba que nada pasara, veía al mundo correr.
Esa soledad que duele, esa que pareciera miles de clavos, esa era la que ella sentía en todo su cuerpo.
Se acostó, en el mismo banquito que estaba sentada y cerró los ojos para dormirse, y nunca volver a despertar.



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